- En Buenos Aires, a los veintisiete días del mes de mayo de 2008, a la hora 16 y 33:

 

 

Sra. Presidenta (di Tullio).- Damos inicio a la mesa redonda interdisciplinaria: “¿Violencias en las escuelas?”,  agradeciendo la presencia de los panelistas que la integran.

          En realidad se trata de una iniciativa conjunta de la Comisión de Educación, presidida por la señora diputada Puiggrós, y la de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia, presidida por mí. Al sentir la necesidad de debatir acerca de la problemática de la violencia en las escuelas, se nos ocurrió reunir esta mesa de discusión que tendrá como objetivo final elaborar un documento, teniendo en cuenta lo que ya hicimos y lo que nos faltaría hacer. Asimismo, sería bueno si pudiéramos definir quiénes son las víctimas de la violencia y por qué se genera en las instituciones educativas.

          En primer lugar los panelistas harán sus exposiciones y luego se abrirá una mesa de debate.

          El tema está abordado desde distintos enfoques con la idea de enriquecer el debate. Y el hecho de que esta discusión la encaren las dos comisiones con injerencia en este tema tiene que ver con reflexionar acerca de qué deberíamos seguir haciendo o hacia dónde tenemos que ir para tratar esta problemática como corresponde.

          En primer lugar, tiene la palabra el doctor Norberto Liwski.

Sr. Liwski.- Agradezco a las presidentas de las comisiones de Educación y de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia por haberme invitado a participar de esta mesa redonda. También agradezco el hecho de que hayan incorporado a la tarea legislativa un tema que orilla aspectos normativos y que tiene una fuerte incidencia en la construcción de las políticas públicas. Me refiero especialmente a la gran capacidad de instruir ante el temor de la sociedad de frente a distintas situaciones que estamos viviendo.

          En primer lugar, creo oportuno reconocer que en este mismo espacio institucional no solamente se han construido definiciones sino también plataformas que permiten ingresar al análisis del tema con algunas certezas normativas.

          Más allá de las inquietudes sobre este asunto que han devenido en pedidos de informes e iniciativas en el ámbito de la Cámara de Diputados de la Nación, casi siempre ellas surgieron a partir de episodios que generaron conmoción social.

          Bueno es recordar que podemos ingresar por distintas vertientes al análisis del tema de la violencia en el ámbito escolar y en las instituciones educativas. Y creo que lo que mejor nos permite perfilarnos en su análisis es el recorrido de la legislación que se afirma en la Convención sobre los Derechos del Niño.

          Este Congreso Nacional incorporó como ley 23.849 la Convención sobre los Derechos del Niño en el año 1990, ‑menos de un año después de haber sido aprobada en la Asamblea General de las Naciones Unidas‑ y definió un marco normativo sobre el cual se establecían los paradigmas para la construcción de nuevas legislaciones que representaban directa o indirectamente mecanismos de reconocimiento del ejercicio de derechos de niños, niñas y adolescentes.

          Luego se sancionaron otras leyes. Voy a nombrar solamente la ley 26.061, de protección integral de los derechos de niños, niñas y adolescentes, las leyes nacionales de educación y las de financiamiento que plantean alcanzar un 6 por ciento del PBI en el año 2010. Ellas han ido generando un marco sobre el cual necesariamente tenemos que tratar aquellos temas que se plantean como desafíos para el desarrollo de los sistemas y de las unidades educativas específicamente dentro de un cierto contexto y de la diversidad de las realidades culturales de nuestro país. Me refiero al contexto de las desigualdades persistentes en el plano económico-social y de la representación sobre comportamientos y organizaciones institucionales. Por lo tanto, es muy difícil realizar un análisis de manera unilateral.

 

          Necesariamente está reconociendo múltiples factores. El actual ministro de Educación ha dicho que los chicos se informan por más que no estén socialmente controlados, pero la escuela puede ser un espacio para convertir violencia en aprendizaje.

          Respecto a esta interesante afirmación política indudablemente surge también la necesidad de ponerle algunos elementos de análisis que escapan al resultado inmediato de la voluntad política.

          Cuando se hacen esos análisis creo que corresponde examinar precisamente el problema en una realidad histórico social. Cuando orientamos la mirada a un análisis histórico social no nos queremos alejar de la puntualidad que a su vez necesita el abordaje de la prevención de la violencia en el ámbito educativo.

          Creo que en este sentido la relación entre el marco normativo  y las prácticas institucionales representa tal vez la más importante construcción que podamos proponernos en nuestro tiempo.

          Si me permiten, quiero recordar que al mencionar la Convención, ésta tiene cuatro principios que la sostienen fundamentalmente, a saber: el principio sobre el interés superior del niño, el derecho a la no discriminación, el derecho al desarrollo y el de ser escuchado y ser tenido en cuenta en las decisiones que se adopten cuando éstas los involucran.

          Precisamente la relación entre marcos de tanta magnitud que abarcan al conjunto de los países del mundo, con excepción de Estados Unidos de Norteamérica que es no ratificante de la Convención, con la práctica cotidiana institucional, implican un esfuerzo no sólo de reconocimiento de las diversidades sino también de adecuaciones específicas.

          Ha habido distintas maneras de plantear este abordaje entre lo general y lo particular y también distintas caracterizaciones de la violencia en el ámbito educativo. Hilda Marquiori marca cuatro características: la violencia dirigida a la institución escolar, la violencia de los alumnos dirigida a alumnos, la de alumnos hacia el personal docente y la del personal docente sobre los alumnos. Asimismo, distingue distintas características.

          Me permito en este breve intento de introducir el panel también recordar que podemos tener otras categorías de análisis: la violencia escolar marcada por la cotidianeidad del funcionamiento de las instituciones educativas o por sus prácticas, la construcción de las relaciones, la intervención temprana o tardía en el desarrollo de los  conflictos, la modalidad con que se establecen los mecanismos de la convivencia, la  ausencia de normas claras y la falta de construcción en las normas claras para la convivencia. En el grado donde predomina la arbritrariedad sobre la equidad de las decisiones y fundamentalmente sobre el grado de escucha que la institución educativa tiene respecto de lo que suele ser el punto más vulnerable a la hora de señalar la circunstancia de violencia en el ámbito educativo, que son precisamente los alumnos, hay una violencia de la cotidianeidad.  Y hay una violencia de la excepcionalidad, del caso particular, del caso que por su magnitud, característica o resonancia, permite llevar a un análisis envolvente del cuadro respecto de la convivencia en la escuela y que rápidamente traslada el episodio excepcional a una circunstancia que podríamos llamar extendida.

          Esto, muchas veces perdiendo de vista en muchos ámbitos de la realidad social de las escuelas, funciona donde los chicos concurren y los docentes trabajan. El marco de violencia tiene una cotidianeidad muy alta. Por lo tanto su posibilidad de extenderse al ámbito educativo es sumamente permeable. Pero también podríamos decir que en esos contextos la escuela es indudablemente el efector del Estado que con mayor esfuerzo genera cotidianamente mecanismos disuasivos de la violencia.

          Podríamos decir que el grado de compensación de la escuela, sus docentes, con mayores o menores condiciones favorables ‑pongamos una situación intermedia‑ realiza cotidianamente mecanismos de compensación respecto de la condición de agente socializador frente al contexto de violencia del cual el chico proviene.

          Por eso no es extraño, ahora trasladando la Convención al ámbito interno de la escuela, que días pasados compartiendo con colegas en La Matanza y tratando de encontrar algún grado de evaluación del tema que ha ido evolucionando durante estos años, en general los colegas tendían a marcarme que sigue existiendo una tendencia a que el conflicto entre alumnos se sigue planteando. Lo voy a decir en las palabras de ellos, en los términos “afuera lo arreglamos”.  Sigue siendo “afuera lo arreglamos” porque la escuela sigue siendo el lugar donde aún persisten mayores posibilidades de solucionar la convivencia, de establecer algún grado de credibidilidad en la autoridad; indudablemente algunas calles que rodean a las escuelas se constituyen en ámbitos donde es más probable encontrar la impunidad que la fuerza de la ley y de la norma.

          Lógicamente que esto también implica que estamos frente a un escenario que en la cotidianeidad muestra permanentes desafíos para reducir las situaciones con las cuales la convivencia se ve afectada, muchas veces con una frecuencia que alarma y otras veces con algún episodio que quiebra estructuralmente la convivencia en el interior.

          Voy a tomar un ejemplo de violencia  que se dio en una de las unidades educativas más grandes del interior de la provincia de Buenos Aires, en la localidad de San Pedro, una escuela conocida, una vieja escuela normal. Allí hemos leído sobre un caso de violencia, que se dio hace no mucho tiempo, donde no hubo lesiones graves que afectaran la integridad física.  Tal vez por eso pasó rápido.  Pero fue grave para la institución. Fue el hecho de mayor envergadura que se había conocido en mucho tiempo.

 

Y una decisión de las autoridades del equipo fue que era oportuno plantear el tema. Esto derivó en esta jornada con suspensión de actividades escolares de la cual participaron básicamente adolescentes, docentes, padres y representantes de la comunidad. 

          Rápidamente quiero decir que luego de conversar un largo rato sobre estas cosas, era admisible que los jóvenes no estuvieran dispuestos a opinar sobre el contexto de la reunión. Sí permanecieron en silencio y se sintieron aludidos, pero no pudieron abrir ningún diálogo. Cuando se les presentó la posibilidad de hacerlo por escrito y en forma reservada, sí lo hicieron.

          Al terminar la reunión me entregaron un papel sencillo en el cual habían escrito que, primero, le dijera al ministro que hiciera más escuelas. Segundo, que tenían que ser menos en el aula. Y, tercero: “Dígale que nos den más bola.”

          Efectivamente creo que la voluntad política que expresan los alumnos ‑que semanas atrás habían sido protagonistas de una situación de violencia que había generado mucha inquietud‑ es que indudablemente tenían propuestas para hacer. Así como también las tuvieron los compañeros en el dramático episodio de Carmen de Patagones,  cuando se expresaron

 sobre el dolor y la situación de terror vivida en esa aula. Horas después ellos escribieron en la pared: “Pónganse las pilas. Escúchennos.” Esto fue lo más importante de lo mucho que se escribió sobre aquel dramático episodio.

          Quiero insistir sobre este tema para pasar al tercer nivel de la violencia escolar. Me refiero a la violencia escolar en los textos periodísticos. ANDI, la agencia que ha concentrado la información en materia de niñez y adolescencia, ha estudiado el tratamiento del tema en América Latina. Esto lo hemos visto en doce países ‑uno de los cuales es Argentina‑ y quiero compartir con ustedes algunas partes del registro de ese estudio sobre el tratamiento de la llamada violencia escolar en los medios de comunicación.

          En primer lugar, nos dicen que la mayor parte de la cobertura es para casos individuales. Y la descripción de los casos individuales tiene el formato de tratamiento policial, de noticia policial.

          Estoy haciendo una descripción muy rápida. El estudio es mucho más largo y serio, pero quiero compartirlo en dos minutos con ustedes.

          La segunda referencia que hace este estudio es que solamente en los casos que informa esta cobertura, el 2,44 por ciento la relaciona con el marco de políticas públicas. Por lo tanto, se refuerza el perfil criminal de los episodios que se están analizando y la individualidad en la que insistimos.

          En tercer lugar, cuando se genera la alarma sobre la gravedad del tema, solamente el 2,27 por ciento examina el caso con contexto estadístico.

          Invito a los señores diputados a mirar con detalle el estudio que he traído, si así lo desean.

          Por último, creo que hay experiencias de distinto tipo muy valiosas en la construcción de los códigos de convivencia, en la construcción de los mecanismos de la mediación escolar y hay en los procesos de capacitación en esta materia. Además, hay una enorme riqueza en los ámbitos docentes para participar y dar lugar a la participación, sobre todo a los adolescentes, para encontrar respuestas adecuadas a cada contexto cultural, local y específico.

          También como país tenemos la posibilidad no sólo de adherir formalmente sino de incorporar nuestras políticas públicas. Y tal vez en este sentido esta casa pueda hacer una fuerte contribución  a la implementación de las recomendaciones del estudio mundial sobre violencia contra los niños que la Argentina, junto con otros 192 países, con la excepción ya conocida, ha ratificado hace menos de un año en la Asamblea General de las Naciones Unidas. En esas recomendaciones hay un capítulo orientado específicamente a la violencia contra los niños en el ámbito educativo.

          Simplemente me permito recordar algunos de los puntos que marca el estudio sobre violencia. Voy a leer lo fundamental. Primero, alienta a las escuelas a aprobar y aplicar códigos de conducta para la totalidad del personal y estudiantes que combatan la violencia en todas sus formas y tengan en cuenta la existencia de comportamientos y estereotipos basados en el género y otras formas de discriminación. Segundo, que se asegure que los directores y los maestros de las escuelas en plena estrategia de enseñanza y aprendizaje no violentos adopten medidas de disciplina y sanción en el aula que no estén basadas en el miedo, las amenazas, las humillaciones y la fuerza física. Además, que se evite y reduzca la violencia en las escuelas mediante programas específicos que se centren en el conjunto del entorno escolar, por ejemplo, fomentando actitudes como enfoques basados en la resolución pacífica de conflictos, la aplicación de políticas contra la intimidación y la aprobación y el respeto de todos los miembros de la comunidad escolar. Asimismo, que se asegure que los planes de estudio, los procesos de enseñanza y demás prácticas cumplen plenamente las disposiciones y los principios de la Convención sobre los Derechos del Niño y están libres de cualquier referencia activa o pasiva a la promoción de la violencia y la discriminación en cualquiera de sus manifestaciones.

          Creo que la implementación de recomendaciones de este tipo es parte del compromiso del Estado argentino. Y entiendo que en este contexto pueden tener una vía importante de contribución a la superación de esta preocupación y esta problemática. (Aplausos.)

 

Sra. Presidenta (di Tullio).- Agradezco la exposición del doctor Liwski.

          Olvidé señalar que el doctor Liwski actualmente es director de Áreas del Instituto Panamericano de Niñez y Adolescencia de la OEA. Es médico y pediatra social, presidente del Comité para la Defensa de la Salud, la Ética Profesional y los Derechos Humanos. Asimismo, fue vicepresidente del Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas y del Consejo de Presidencia de la APDH, y presidente del Consejo Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia.

          Ahora vamos a escuchar a la señora Carina Kaplan, doctora en educación, pedagoga, investigadora del Conicet. Coordina un equipo de investigación dedicado al tema violencia en las escuelas. Es capacitadora y formadora de docentes. Además es autora de varios libros. Ella dará una visión desde el punto de vista pedagógico.

Sra. Kaplan.- Quiero agradecer a la diputada Adriana Puiggrós, porque ella es una referente para nosotros, los pedagogos. Me acompaña  Victoria Orce, que también es pedagoga del Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación. Es un honor haber sido invitada en esta ocasión. También quiero agradecer a la señora diputada Julia Di Tullio  que tiene a su cargo precisamente una comisión que es bastante estratégica para esta temática.

          Voy a hablar sobre los avances y resultados de una investigación que estamos llevando a cabo desde hace tres años y para la cual tenemos un subsidio por tres años más. La investigación trata sobre la desigualdad, violencia y la escuela. Voy a presentar algunos puntos de partida y contextualizar lo que para nosotros, como equipo, representa  un punto de vista alternativo respecto de la problemática que está vigente en este momento.

          Primero voy a señalar que desde el punto de vista científico, es decir, de las universidades y centros de investigación, se empieza a estudiar la violencia en las escuelas cuando comienza una mediatización del tema.  Es decir que no es un objeto de estudio anterior a su aparición en los medios. Este dato no es menor, porque en realidad entonces en la literatura investigativa uno encuentra un viraje de los estudios de indisciplina hacia los estudios de violencia en las últimas décadas.

          Por lo tanto es una temática nueva en los estudios científicos y por eso tenemos que tener ciertos recaudos y responsabilidad cuando uno trabaja en esto. Me refiero al contexto latinoamericano, porque no es así en otras partes, sobre todo en Estados Unidos, donde viene habiendo sistemáticamente indicadores y estadísticas oficiales, sobre todo expresadas por el Ministerio del Interior y de Seguridad, sobre la violencia en las escuelas.

          La violencia en las escuelas es tipificada desde los insultos hasta la portación de armas. O sea que dentro de las estadísticas acerca de la violencia en las escuelas, sobre todo en los Estados Unidos, hay una serie de actos cotidianos, que uno podría no llamar como violencia, y sin embargo se tipifican de esa manera.

          Durante mucho tiempo esto tuvo que ver con lo que el Código Penal consideraba como violencia en el interior de las escuelas, pero luego empezó a abrirse el abanico más allá de lo que es el Código Penal.

          Lo que me interesa señalar es que el debate académico circula en torno a dos puntos. Primero, ¿es nueva la violencia en las escuelas? Segundo, ¿hay más violencia ahora que antes? Esto es lo que deberíamos responder.

          Respecto de si es nueva la violencia en la escuela, uno podría decir que no. En la literatura general, universal, y también en la pedagógica, nunca nos asombró que los adultos peguen a los niños. De hecho, el azote es constitutivo en la mayoría de la literatura que leemos; no es sólo estrictamente pedagógico. De alguna manera hay una aceptación  social en el sentido de que los adultos ejercen una violencia física o simbólica -depende las épocas- sobre los niños.

          Entonces, en ese sentido, la violencia no es nueva. En todo caso lo que se ha roto, dicen algunos autores, es una cierta representación sobre la infancia y la adolescencia, donde lejos de aparecer esos niños como angelitos, empiezan a surgir como demonios. Por lo tanto, hay una cierta ruptura con una imagen idealizada sobre el niño y por lo tanto también de la escuela como lugar protegido del afuera.

          En las investigaciones realizadas en Estados Unidos empieza a llamar la atención que anteriormente los estudiantes violentos eran aquellos que estaban afuera del ámbito escolar. Pero luego se dieron cuenta de que  ya no eran tan extraños a la escuela, sino que se trataba de ex alumnos o padres de alumnos que estaban en las cárceles. Entonces, las fronteras empezaron a diseminarse de algún modo.

          Vamos a dejarles un libro titulado “Violencias en Plural”, en el que hemos documentado un recorrido por todas las investigaciones sobre el tema tanto a nivel internacional como en nuestro país, donde es todavía incipiente y Hemos concluido que la expresión violencia escolar proviene de las Fuerzas Armadas. Es una traspolación o trasposición que uno hace del término militar a la cuestión pedagógica o referida a la infancia o adolescencia. No es un dato menor esto. Por eso se entiende que en los Estados Unidos las cuestiones de violencia en la escuela estén direccionadas -en términos de política e instituciones- hacia  cuestiones de inseguridad o control social.

          Esto lo digo porque  para plantear un enfoque alternativo hay que entender cómo a veces importamos elementos de otros países que tal vez en otro contexto habría que revisarlos, sobre todo porque en nuestro país la escuela continúa siendo un lugar de subjetivación, un lugar de biografización de la infancia y la adolescencia.

          Hay una película que seguramente conocen que se llama “Un día sin mejicanos”, que muestra qué  ocurriría en los Estados Unidos si un día se fueran todos los mejicanos, que constituyen  el sector subalterno que ocupa la escala laboral y social más baja en términos de reconocimiento y prestigio social. ¿Qué sucedería un día sin mejicanos en  Estados Unidos? El país se pararía.

          Haciendo una analogía, cuando hacemos capacitación docente muchas veces invitamos a que se imaginen un día sin escuelas. Imagínense qué ocurriría con nuestra infancia y adolescencia sin la escuela, en nuestro contexto de exclusión y de desafiliación social. Esto es para recuperar el valor simbólico y concreto que tienen las prácticas cotidianas y los docentes en las escuelas.

          Ahora voy a pasar a referirme al enfoque de la cuestión de la violencia en las escuelas. Hemos hecho una encuesta a 650 estudiantes de escuelas secundarias de cuatro ciudades: Río Gallegos, Buenos Aires, La Plata y Salta, a quienes hemos preguntado precisamente sobre cuestiones de violencia en las escuelas. Una de las cosas que nos llamó la atención, analizando los datos, es que los estudiantes tienen una alta confianza en las escuelas. La violencia  está muy ligada a la dimensión de la confianza. Si uno hiciera un ordenamiento de cuáles son las instituciones más confiables para los estudiantes, aparece la familia en primer término y  la escuela dentro de los primeros lugares, junto con los hospitales públicos y la religión.

          Es decir que todavía los estudiantes de distintos lugares del país demuestran que la escuela continúa siendo una institución confiable y, en comparación con otros espacios sociales, sigue pareciéndoles un lugar donde tienen mayores niveles de seguridad. Esto ocurre más allá de que cuando le preguntamos acerca de las situaciones de violencia, los propios alumnos reconocen muy claramente como una preocupación el maltrato entre compañeros y las formas de humillación, tanto en el interior de las escuelas  y sobre todo camino hacia la casa.  Un espacio donde vemos que efectivamente se produce violencia, o por lo menos una percepción de la violencia, se da entre la escuela y la casa.

          A fin de argumentar cuál sería un enfoque alternativo, se me ocurrió traer como metáfora el título de un libro de Loic Wacquant: Las cárceles de la miseria, que me parece fundante para estas temáticas. Probablemente todos lo conozcan porque se trata de un sociólogo que hace poco estuvo aquí. Lo que analiza el autor allí es importante porque en el prefacio de la edición española, dice que la Argentina, más particularmente Buenos Aires, se iba a convertir, a fines de la década del 90 y principios del 2000, en una suerte de laboratorio y observatorio de implementación de la política de tolerancia cero para ser el modelo para América latina.

 

¿Qué se pregunta Loïc Wacquant en Las cárceles de la miseria? El título del libro es una metáfora fuerte para describir la sociedad contemporánea, de fines de los 90. Tenemos que pensar que los estudiantes que están ahora en las aulas son la consecuencia de los procesos de exclusión de los 90. Quienes están ahí han atravesado procesos fuertes de exclusión social.

          De hecho, hemos entrevistado a varios estudiantes que nunca vieron trabajar a sus padres. Eso quiere decir que ni siquiera el trabajo aparece como un organizador o una marca subjetiva de su propia realidad social. Es más, ni siquiera pueden tener una representación simbólica acerca de su futuro y fabricar una imagen distinta del presente. Precisamente la escuela hace eso: permite fabricar una representación simbólica del futuro distinta de la de la escuela. Por otro lado, permite de alguna manera traer la categoría de trabajo como significativa de la unidad social, aun en aquellos estudiantes que nunca vieron trabajar a sus padres.  Por eso los docentes están muy preocupados por la falta de la cultura del trabajo.

          En realidad, esto tiene que ver con que no hay un ámbito de socialización vinculado a estos valores, es decir, no han interiorizado esos valores propios de la cultura del trabajo por condiciones de exigencia material.

                        Asimismo, en Las cárceles de la miseria, Loïc Wacquant está preocupado porque ‑sobre todo en los Estados Unidos y su preocupación es respecto de este viraje a Europa‑ cada vez hay más jóvenes pobres poblando las cárceles norteamericanas. Hay un recrudecimiento, un incremento desde el punto de vista cuantitativo, sobre todo en Estados Unidos, en la década de los 90. Y él adelanta que ese fenómeno va a seguir en Europa.

          Según Wacquant nosotros seríamos, tal como les decía, modelo de implementación de este tipo de políticas.. Quiere decir que está preocupado porque la cárcel empieza a ser una respuesta incluso estatal frente a los pobres.  Él mismo se pregunta si estamos ante un Estado penal porque hay dos opciones de Estado: uno represivo y  otro social. Entonces, en lugar de proteger a la adolescencia y a la infancia, lo que se hace es sospechar de ellas. Es decir que empieza a haber una imagen y una mirada de sospecha sobre la infancia y la adolescencia.

          Al respecto, precisamente Loïc Wacquant se pregunta cómo llega la sensatez penal. Es decir, cómo llega a los europeos este sentido común penalizante, criminalizante acerca de los jóvenes. Por eso es importante comprender que en estas temáticas que abordamos hay tres elementos fundamentales, tal como decía Norberto Liwski hace un rato. Por un lado, hay una mirada que construyen los medios de comunicación social. Me refiero a que la mediatización de temas es la que está produciendo estudios sistemáticos en el ámbito académico.

          Por otro lado, hay una fuerte creencia social de que existe una suerte de gen de la violencia. Hay una creencia social muy fuerte de que algunos nacen para ser delincuentes y otros nacen para ser otra cosa. El discurso de los genes se recrudeció, dice Wacquant, en los últimos tiempos. Y es más, en la ciencia aparece otro tipo de discurso que refuerza estas creencias sociales. Son temas muy complicados porque hay una amalgama entre creencias sociales y discursos científicos criminalizantes.

          Por ejemplo, Wacquant se refiere a un fragmento de un texto muy conocido en Estados Unidos, sobre el que seguramente ustedes habrán escuchado: The Bell Curve. Es un estudio para demostrar que el coeficiente intelectual de los negros  es menor y que eso es lo que determina su inferioridad.

          Cuando Loïc Wacquant se pregunta en Las cárceles de la miseria, cómo llega esta sensatez penal, este sentido común penalizante, él mismo critica a The Bell Curve, que es  este estudio que muestra que los negros son inferiores desde el punto de vista del coeficiente intelectual. Dice Wacquant: “Según The Bell Curve, el coeficiente intelectual determina no sólo quién ingresa a la universidad y tiene éxito en ella, sino además quién queda desocupado o se hace millonario, quién vive en los sacramentos del matrimonio y no en una unión libre...” O sea que el que se casa es más inteligente, tiene un coeficiente intelectual más alto según esta perspectiva. Y lo mismo sucedería en caso contrario. Todo esto determina el coeficiente intelectual para estos estudios.

          Sigue diciendo: “Si una madre cría como es debido a sus hijos o los descuida, y quién cumple a conciencia con sus deberes cívicos...” ‑miren lo que dice The Bell Curve‑ “...(‘en todas las clases sociales, aun las más pobres, los niños más inteligentes aprenden con mayor rapidez cómo funciona el Estado y son más susceptibles de informarse y discutir asuntos políticos y participar en ellos’). Como cabía de esperar, el coeficiente intelectual rige igualmente la propensión al crimen y la cárcel: uno se convierte en criminal no porque padezca privaciones materiales en una sociedad no igualitaria, sino porque sufre carencias mentales y morales. Mucha gente tiende a creer que los criminales son personas que proceden de los ‘barrios malos’ de la  ciudad. Y tienen razón, en la medida en que en esos barrios residen en cantidades desproporcionadas los individuos de baja capacidad cognitiva.”

          El argumento es que el hecho de que estén en la villa se debe a que tienen un coeficiente intelectual más bajo. De alguna manera esa es la forma de determinación.

          “En resumen,…” -dirían estos deterministas biologisistas- “…todas las ‘patologías sociales’ que afligen a la sociedad norteamericana se ‘concentran de manera muy marcada en la parte baja de la distribución del coeficiente intelectual.”

           

          “De ello se sigue lógicamente que el Estado debe prohibirse intervenir en la vida social para intentar reducir desigualdades fundadas en la naturaleza, so pena de agravar los males que trata de aliviar al perpetuar ‘las perversiones del ideal igualitario originado en la Revolución Francesa’. Puesto que, ‘ya sean jacobitas o leninistas’, las tiranías igualitaristas son algo peor que inhumanitarias: son inhumanas.” ¿Cómo ir en contra de esta naturaleza si hay gente que tiene un gen y que nació para delincuente? Esta es la mirada alternativa que uno tendría que poder construir.

          Entonces, desde el punto de vista teórico, nosotros sostenemos que, como dice Norbert Elías, un sociólogo contemporáneo muy importante: “La pobreza hace brutales a las personas.” Y él inmediatamente aclara que “Esta afirmación no se debe interpretar en relación con personas sino con sociedades. Es la miseria de la sociedad la que vuelve miserables a los hombres.”

          Asimismo Elías se refiere a los distintos modelos de comportamiento que tienen los automovilistas en las rutas diciendo: “Cuando se encuentra un alto nivel de civilización, un código de comportamiento y de sentimientos que estimula una mayor uniformidad y estabilidad en la autorregulación, no es porque la gente sea por así decirlo más civilizada por naturaleza. El alto estándar es una parte integral y al mismo tiempo una condición y una consecuencia del alto estado de desarrollo y también de la riqueza de una sociedad. Las carreteras bien construidas, bien señalizadas y bien planeadas cuestan dinero, están diseñadas para conductores bien temperamentados.” Esto quiere decir que una buena ruta va a generar conductas auto coaccionadas. Una sociedad pacificada genera una interiorización de la paz como forma de regulación social.

          Para finalizar mi exposición, voy a mostrarles la mirada de los medios y cómo nosotros tenemos la responsabilidad de crear una visión alternativa desde el lugar que nos encontremos. Y me alegra que estemos aquí precisamente por la responsabilidad que ello nos implica.

          Voy a señalares algunos artículos periodísticos para que vean la mirada criminalizante acerca de los niños, los adolescentes y los alumnos. A nosotros nos preocupa que empiece a aparecer una nueva categoría social que sea la del alumno violento. Por eso digo que empecemos a trabajar para prevenir al alumno violento, aunque en realidad lo que hay que prevenir son las condiciones que hacen que aparezca este alumno violento, y no producir un alumno violento cuando no lo hay.

          Dice así: “Robito del siglo. Un chico de 5 años de una escuela de la ciudad le saca un muñeco a un compañero y no se lo quiere devolver. La madre del damnificado radica la denuncia en la comisaría. El hecho termina en la Justicia y al pequeño se le abre una causa penal por ‘hurto’.” ¿Ven? Son todos términos criminológicos ligados al campo educativo y de la infancia.

          “Delincuentes de 3 años.

 

Así lo afirma un estudio confidencial del Ministerio británico del Interior publicado por la prensa de ese país. Además, destaca la eficacia de promover iniciativas suaves, como la lectura y el lenguaje para revertir esta tendencia. Según un informe confidencial del Ministerio británico del Interior cuyos resultados fueron publicados por un diario muy importante, se puede observar la tendencia a delinquir de una persona a partir de los tres años y, a partir de allí, vigilar su comportamiento.” O sea que las maestras jardineras ya debería estar viendo quiénes son los futuros delincuentes según esta perspectiva, que coincide perfectamente con la que señala Wacquant.

          Para terminar, otro artículo señala: “Los matones se reconocen en el jardín infantil. El hecho de que  niños de 3 y 4 años muerdan y rasguñen a sus compañeros de sala sin motivo aparente y aunque la tía lo rete y lo siga haciendo, no sólo demuestra un chico porfiado y travieso. Según el psicólogo Felipe Lecalenier…”, es decir,  una porción de la ciencia, “…puede ser el inicio de un comportamiento agresivo de por vida, pues los matones se reconocen en el jardín infantil.” (Aplausos.)

 

Sra. Di Tullio.- Tiene la palabra el profesor Luis Cabeda, director de la Escuela número 12 de La Matanza, de la provincia de Buenos Aires, ex coordinador de los centros de actividades juveniles impulsado por el Ministerio de Educación de la Nación, quien dará una visión desde la práctica docente.

 

Sr. Cabeda.- Quiero agradecer a la diputada Di Tullio por sus palabras y a la diputada Puigrrós por su convocatoria.

          Cuando me invitaron a participar del panel y me dijeron con quién iba a compartir  la mesa, rápidamente me pregunté cuál era el aporte que pensaban que podía dar y qué era lo que yo podría brindar a este espacio. Pensé que seguramente creían que podía traer algo de la cotidianeidad de la escuela, y encontrarnos con estas situaciones que suelen nombrarse como violencia escolar, que por suerte en el título de la convocatoria aparece como una pregunta: ¿Violencia en las Escuelas?

          La verdad es que es bien interesante que no aparezca como un rótulo la violencia escolar sino como una pregunta en el sentido de si es verdad que hay violencia en las escuelas y que está tan extendida.

          Entonces, me tranquilicé porque pensé que iba a hablar de la escuela, pero después volví a preocuparme porque el tema en debate es la violencia en las escuelas, y  lo que puedo  decir en este sentido es que no puedo reconocer la violencia en la escuela, por lo menos como es connotada cotidianamente. Cuando uno escucha  nombrar la violencia, rápidamente vienen las imágenes de lo ocurrido en Carmen de Patagones, de Pantriste, de los cuchillos, de las armas o de los chicos muertos o lastimados gravemente en las escuelas.

          Por supuesto que hay otros modos de violencia, la simbólica, los agravios, los golpes de menos impacto. Sin embargo, cada vez que se habla de la violencia en las escuelas lo que vuelve a la memoria son estas imágenes fuertes que hacen de esta excepcionalidad, como decía Norberto, algo así como la regla. Pareciera que todas las escuelas estuvieran atravesadas por estas prácticas.

          En realidad quiero hablar de una escuela que está ubicada en González Catán, en el kilómetro 31 de la ruta nacional 3, en el corazón de la pobreza bonaerense, una escuela que conozco desde hace muchísimos años. Trabajé en su fundación y soy director desde hace 17 años aunque, como decía la diputada Di Tullio, durante un lapso breve estuve trabajando en un programa en el Ministerio de Educación. 

          Es una escuela que aparece desestabilizada por algunos hechos que uno podría calificar de violentos, pero que surgen en general fuera de la institución.  Además, está atravesada fuertemente por unos discursos en torno a cómo son impactadas todas las instituciones por esta situación de violencia.

          Quisiera hacer una referencia. Hace algunos años, si teníamos que salir a la calle pensábamos en qué nos íbamos a poner. Eran épocas en que el invierno era invierno y el verano era verano. Si queríamos consultar mirábamos la temperatura; hoy además hay que consultar la sensación térmica, que suele ser distinta.  Algo de eso me parece que pasa con la violencia. Hay algo de violencia que efectivamente ocurre en las escuelas pero existe una gran diferencia respecto de la sensación de violencia que están atravesando esas instituciones. Entonces, deberíamos hacer un primer ejercicio para distinguir esa violencia que realmente sucede de la  sensación que creo que está destinada a producir el miedo ciudadano. No es una sensación ingenua, que nace per se, sino que en esta construcción de la serie de los hechos violentos que ha terminado con chicos muertos  hay una intencionalidad para construir el miedo.

          Recuerdo que hace no mucho tiempo vi una imagen de un periodista de Telefe, que cerraba un bloque del programa mirando a la cámara con gesto adusto y diciendo: “Otra vez la violencia en las escuelas”, y anunciando que después de la tanda mostrarían el informe. Yo pensé: “¿Otra vez la violencia en las escuelas? ¿De qué se tratará?”

          Esperé toda la tanda comercial, y  empezó el programa mostrando una chica con la cara arañada, contándole a la periodista que sus compañeras la habían esperado a la salida de la escuela, se habían trenzado en una pelea y la habían agredido de ese modo. Yo pensé que luego vendría el acto por el cual las cámaras estaban allí. Pero resulta que cortaron la imagen, fueron a otra toma donde se veía a la madre en el comedor de la casa, muy preocupada mirando la mesa, diciendo que no sabía si su hija iba a volver a la escuela. Lo que había pasado era que le habían arañado la cara. Yo esperaba un poco más. Pero no. Ese acto que años atrás hubiera hecho que la mamá fuera  a hablar con la directora o el director de la escuela y le dijera que no podía ser que en esa escuela pasaran esas cosas, ahora se transforma en una acción donde la mamá levanta el teléfono, llama al canal de televisión y éste va, porque entiende que es pertinente concurrir a la cita, mostrar la escena, magnificarla y se la transmita como una acto de la cotidianeidad de todas las escuelas.

          Nosotros, los docentes, creo que desde hace tiempo y con muy buena intención -y lo celebro-, dijimos que era hora de abrir las puertas de las escuelas. Románticamente lo decíamos. Por suerte, las puertas de las escuelas fueron abiertas y todo lo que había afuera entró.

          Creo que en este reclamo y pedido de que se abrieran las puertas de las escuelas no había una clara dimensión de que todo lo que estaba presente en el conjunto de la sociedad iba a pasar a estar dentro de la escuela y tendríamos que pensar  que íbamos a hacer con eso cuando estuviera adentro de la institución.

          Hoy algo de este conflicto lo tenemos dentro de las escuelas y frecuentemente en la sala de profesores escuchamos decir: “No sabemos qué hacer con esto”, “Yo no estoy preparado para esto.” Y uno tiene la intención de que cuando algunos docentes dicen “esto”, hablan de los alumnos.

          ¿Qué debemos hacer si estas situaciones que aparecen en algunos casos,  no con la fuerza que aparecen en la televisión, efectivamente ocurren dentro de las escuelas? ¿Qué hacemos nosotros? ¿Cómo posicionamos a las escuelas frente a esto?

          José García Molina, un pedagogo español contestaría provocativamente a esta pregunta diciendo que lo que la escuela debe hacer es nada. La escuela debe estar. La verdad es que nosotros, aun antes de conocer a García Molina,  tratábamos de estar y de pensar modos oblicuos de  intervenir en el conjunto de los problemas que forman parte de la cotidianeidad de la escuela , no pensando que frente a cada situación tiene que haber una respuesta lineal. Por ejemplo, que frente al problema de las chicas embarazadas precozmente, la escuela tiene que salir a decir tal cosa, que ante  ciertos episodios de violencia ocurridos dentro o en las cercanías de la escuela,  tenga que responder tal otra cosa,

 

o que ante ciertas cosas que les ocurren a algunos chicos, la escuela deba contestar de tal manera.

           La verdad es que no es posible que esto ocurra y no es fructífero cuando la escuela empieza a dar respuestas una por una, sino que tiene que contestar al conjunto de los conflictos que aparecen.

          Nosotros pensamos que hay que intervenir en la realidad de los chicos de diversos modos, entre ellos, abriendo el campo de lo que está disponible y pensando que es posible soñar otros destinos para los chicos que están en una situación de extrema vulnerabilidad y en un contexto de mucha pobreza.

          En la escuela no siempre acertamos con las propuestas cuando intentamos resolver  este conjunto de conflictos. Algunas propuestas que hemos pensado han parecido profundamente democráticas y han quedado como las mejores intenciones. En consecuencia, no siempre pudimos abordar el conflicto desde todos los lugares aunque hemos pensado todos los escenarios que se abrían.

          Por ejemplo, en el año 91, frente a un conflicto puntual de seria indisciplina, propuse y entusiasmé a muchos compañeros para que constituyéramos un consejo de disciplina que fuera profundamente democrático. Cuando decíamos democrático nos referíamos a que se conformara con la representación de los profesores y de los alumnos de los últimos años; que en ese momento cursaban 5° año. La idea era que tanto los docentes como los alumnos que participaban del consejo fueran seleccionados por los propios chicos. Entonces, frente a un caso que se planteara, ellos tomaran alguna decisión que fuera la que finalmente sostuviera la escuela.

          Estuvimos muy contentos con las cosas que fueron pasando porque cada vez que había un problema o surgía una situación de indisciplina convocábamos al consejo de disciplina. Quiero agregar que pedíamos que los alumnos y los profesores fueran rotando.

          Sin embargo, un día descubrimos que nosotros como adultos los habíamos corrido de la responsabilidad de tomar decisiones sobre las cuestiones centrales de la escuela, sobre las situaciones dolorosas y difíciles. Y les poníamos a los chicos una responsabilidad que estaban muy lejos de poder cumplir. A veces pasaba que en el consejo de disciplina había que luchar a brazo partido para que los chicos seleccionados no expulsaran a sus compañeros. Y muchas veces nos enteramos de que los chicos seleccionados para integrar el consejo de disciplina eran increpados en algún pasillo. Les decían: “ojo con lo que van a decir. Ojo con lo que van a votar.” Entonces, los habíamos puesto en un lugar de mucha vulnerabilidad, aunque con las mejores intenciones y con la idea de democratizar una práctica en relación con la distribución de la justicia. Pero realmente a veces habíamos puesto a los propios integrantes del consejo en una situación de mucha precariedad. Y otras veces lo mismo ocurría con los chicos a los que había que evaluar por algún motivo.

          En consecuencia, realmente lo que nosotros hacíamos era corrernos de la responsabilidad adulta. Sin embargo, finalmente nos dimos cuenta de que había quedado desdibujado el lugar de los adultos. Entonces dijimos: hasta acá llegamos. Y empezamos a pensar en otras prácticas.

          También hemos aplicado otros métodos que tanto por control como por el impacto que ocasionaban rompían con la dinámica común que se espera de una escuela ubicada donde se concentra el núcleo más pobre del conurbano bonaerense.  Me refiero al contexto que describí al comienzo de mi exposición.

          Por ejemplo, hemos pensado en una cátedra abierta a la que pudiéramos invitar a referentes sociales como Marta Maffei, Beatriz Sarlo, Carlos Galano y Adrián Gorelik, a hablar de cuestiones como política educativa, construcción de las identidades juveniles y organización urbana. Realmente parecía un lugar bastante poco predecible para que estas prácticas ocurrieran, sin embargo, a medida que la cátedra fue avanzando, el número de asistentes a las charlas fue creciendo considerablemente. Además, el nivel de intervención de estos pibes fue aumentando y ganando en calidad.

          Se trataba de prácticas que tuvieran que ver con la construcción de nuevas representaciones de los chicos mismos. Por ejemplo, los chicos de tercer año del polimodal durante un período –y ahora lo hacen lo nuevamente‑ tuvieron la posibilidad de dar clases a los chicos de 9° en áreas para las que estaban capacitados especialmente, como es  la formación de nuevas tecnologías. También daban clase a chicos de otras escuelas vecinas. 

          Por ejemplo, una cosa que nos contaron los chicos que hacían de profesores es que cuando finalizaban las clases y andaban por la calle los chicos los saludaban diciéndoles: “¡Chau, profe!”

          Asimismo ocurrió que los profesores contaban lo bien que se habían desempeñado y cómo el hecho de dar clases también les había servido a ellos mismo ya que estaban preocupados por saber más porque sus alumnos les exigían más. Y cuando los profesores contaban lo bien que trabajaban estos chicos más grandes, algún padre preguntaba: Profesora, ¿usted está segura de que está hablando de mi hijo? Esto rompía no solamente con la representación que los chicos tenían de sí mismos sino también con la que se había instalado en el seno de la familia. 

          También se dio el caso de hacer observatorios de la luna a las 2 de la mañana en el techo de la escuela convocando a los vecinos. Y otro ejemplo es que se armó una guardería para que las chicas del turno de la noche ‑empezamos con ellas y seguimos con las de otros turnos‑ pudieran traer a sus hijos y no abandonaran la escuela. Entonces, venían y dejaban a sus hijos en la guardería de la propia escuela. Muchas veces en los recreos iban a amamantar, y así podían terminar sus estudios.

          En definitiva, se trataba de pensar en tramas que pudieran facilitar a los chicos prácticas que no tuvieran que ver necesariamente con lo que está en el registro, en la currícula y en los modos de resolución de las escuelas, pero que les permitieran un tránsito más interesante.

          Por ejemplo, los sábados en la escuela había un centro cultural. En un momento funcionaba un nodo de trueque y un centro cultural, y era  tanta la gente que asistía que tuvimos que cambiar al domingo una de las actividades ya que dos se hacían los sábados. De ese modo se facilitaba la circulación de la gente por la escuela. Con ello cumplí mi viejo sueño de que la escuela estuviera abierta de lunes a lunes. Éstas y otras prácticas permiten imaginar otro futuro para estos chicos.

          Y para retomar la pregunta del comienzo yo pregunto: ¿qué puede hacer la escuela en estas descripciones de tanta vulnerabilidad y de una violencia que realmente también existe afuera? No estoy diciendo que nada de esto ocurra. Lo que pasa es que no se da en la dimensión, la magnitud y la asiduidad que pareciera que ocurre en el conjunto de las escuelas. La verdad es que no lo puedo reconocer así.

          Creo que lo que sí puede hacer la escuela es, primero, confiar en los pibes. Y después, trabajar fuertemente para interrumpir el destino. Lo demás le toca a otros. (Aplausos.)

Sra. Presidenta (di Tullio).- Tiene la palabra el señor Daniel Miguez, quien es licenciado en sociología de la Universidad de Buenos Aires, doctor en antropología de la Universidad de Amsterdam, investigador del Conicet y de la Universidad Nacional de San Martín, y especialista en estudios de violencia y marginalidad urbana.

 

Sr. Miguez.- Agradezco la invitación realizada por las organizadoras de este evento.

          Básicamente voy a presentar los resultados de un trabajo hecho desde el Observatorio Argentino de Violencia en Escuelas. Me refiero a una encuesta con la que intentamos aproximarnos a una medición de los grados y distribución de la violencia en las escuelas.

          Tal vez habría que iniciar hablando en plural: de las violencias en las escuelas, porque está demostrado en este momento que hay distintos tipos de violencias en las escuelas.

Sobre esto  hablaron varios participantes que hoy están aquí.

          Como ocurre muchas veces en la medicina estadística, si bien la discriminación o la tipología de las formas de violencia puede ser muy extensa, nosotros las simplificamos en dos formas.

          Por un lado, el tipo de violencia que a veces es definida en un sentido estricto o como violencia propiamente dicha, involucra fundamentalmente el uso de la fuerza física. Pero también hay otros tipos de violencias que son catalogadas como hostigamiento o incivilidades que no involucran necesariamente el uso de la fuerza física sino que tienen que ver con el daño a instalaciones, fundamentalmente, la agresión a la estructura psico-social de un individuo, su integración al conjunto de sus compañeros, daño  a su autoestima o bien procesos de estigmatización o agresión.

          La medición que hicimos procedió intentando por lo menos una distinción mínima en estos términos que podríamos llamar incivilidades u hostigamiento y lo que podríamos llamar violencia propiamente dicha.

          Dicha distinción, por otro lado, no es puramente original sino que también la hicimos para mantener comparabilidad con otros estudios de nivel internacional  y otros llevados adelante por el instituto Gino Germani. Un primer resultado de esas mediciones es lo que uno podría llamar incivilidades u hostigamiento, y tiene una incidencia muchísimo mas alta que los hechos de violencia propiamente dichos. Puedo coincidir con lo que se planteaba aquí recién en que los hechos de violencia grave que tienen un impacto mediático en general tienen una baja incidencia en la población escolar y otras formas más genéricas y cotidianas tienen una incidencia mayor.

          Algunas precisiones son interesantes. Una de las cosas que nosotros pudimos ver es que hay un enorme porcentaje de alumnos que declara haber participado en algún tipo de conflicto en la escuela: peleas entre compañeros, robos menores, etcétera. Ellos aparecen como testigos de ese tipo de hechos, o como protagonistas directos.

          Se pueden observar dos cosas interesantes a partir de ese dato. Una es que los porcentajes cambian notoriamente cuando uno pregunta sobre testigos de los hechos o cuando se indaga sobre los protagonistas. Es decir que si uno pregunta si alguien vio un hecho de esta naturaleza, encuentra un gran porcentaje de alumnos que dicen que los han presenciado, que conocen de ellos. Pero si preguntan si han participado del hecho, el porcentaje disminuye muy significativamente.

          Eso muestra una cosa: depende de cómo uno pregunte sobre la violencia y qué es lo que observa sobre la misma, va a tener una diferencia muy significativa en su incidencia y por lo tanto hay que tener mucho cuidado cuando se maneja un dato estadístico en relación a su procedencia.

          Otro dato interesante que aparece es que si bien esa conflictividad cotidiana y esa forma de hostigamiento e incivilidades representa una incidencia muy grande en la población escolar, cuando uno pregunta sobre el temor, si los alumnos tienen miedo a ser hostigados o a ser agredidos, encuentra que los porcentaje de alumnos que declaran que tiene temor significativamente mucho más bajo que los declaran haber participado de un hecho de violencia menos grave.

          Eso muestra una primer particularidad del fenómeno de la violencia en las escuelas que es que lo que aparece como más común, extendido y frecuente, en realidad es una forma bastante habitual de conflictividad en el seno de las comunidades escolares que no genera amedrentamiento en la mayor parte de los alumnos.

          Creo que en ese diagnóstico coinciden varias de las presentaciones que ha habido hoy acá. Hay una conflictividad en las escuelas, pero no la que impacta sobre los medios y que amedrenta a la opinión pública y a los pares. Existe una especie de magnificación del fenómeno tanto en los medios como en la propia percepción de los docentes sobre lo que puede o podría pasar en las escuelas.

          Una de las cosas que pudimos observar es que luego de que hay algún incidente mediático los docentes tienen miedo de que algo por el estilo ocurra, cuando en realidad nunca sucedió una cosa de ese tipo en su escuela. Sin embargo, quieren tomar una serie de medidas de prevención  por si acaso se produzca un hecho de esas características  cuando en general no es así y, cuando uno mira las estadísticas, ocurre con poca frecuencia.

          Más allá de esto, otra de las cosas que intentamos ver es con qué cosas se asocia la violencia en las escuelas, qué tipo de fenómenos o factores aparecen.

          La tesis más común y extendida es que los niveles de violencia en las escuelas tienen que ver con procesos de empobrecimiento, crecimiento de la marginalidad, desafiliación de los alumnos de sus escuelas, resultado del desempleo, etcétera.

          En base a datos sobre el indicador de vulnerabilidad social de los alumnos en las escuelas, intentamos distintas medidas de asociación con los niveles de violencia, correlaciones entre otras cuestiones técnicas. Buscamos distintas medidas de hacer asociaciones.

          Descubrimos que no se convalidan con esas estadísticas formas significativas de asociación. Ahora vamos a entrar en detalles sobre ello. Es decir que sobre todo cuando uno considera esta forma genérica, más extendida y menos grave de la violencia, no encuentra asociaciones significativas con los niveles de vulnerabilidad social.    

          Sin embargo hay una salvedad que hacer. Lo que sí aparece asociado a la vulnerabilidad social  es la no respuesta a las preguntas sobre violencia. Cuando hacemos una medición, lo hacemos sobre la cantidad de alumnos que declaran haber sufrido algún tipo de victimización con un episodio de violencia, cantidad de alumnos que declaran que nunca sufrieron esos episodios, y cantidad de alumnos que no contestan. A medida que aumenta el nivel de vulnerabilidad social, disminuye la cantidad de alumnos que declararon que nunca habían  sufrido un episodio, pero se acrecienta la cantidad de los que no contestan. Sin embargo se mantiene constante el número de aquellos que declaran que sí sufrieron algún tipo de episodio.

          Lo que eso está mostrando -sugiere pero no lo muestra cabalmente- es que hay alumnos que no declaran que nunca fueron víctimas, pero que no se animan a reconocerlo y prefieren no contestar.

          Aun teniendo en cuenta ese factor, si pudiéramos resolver con algún mecanismo estadístico en realidad eso que no se puede, no encontraríamos una asociación muy fuerte entre niveles de vulnerabilidad social y niveles de violencia. Tal vez alguna asociación mayor que la que encontramos indicaría que aparentemente no hay ninguna  o que incluso en algunas cosas hay una situación inversa. A más vulnerabilidad, menos violencia.

          Ninguna de esas cosas se puede resolver en realidad con rigurosidad estadística. Pero sí es posible que si uno resolviera el problema de la no respuesta, encontraría algún grado de asociación no muy significativo pero mayor que lo que encontramos con los datos que tenemos ahora.

          También buscamos la asociación con otros factores. Uno de ellos es el que llamamos integración social, que tiene que ver con las sensaciones de integración o de comodidad de esos alumnos con los compañeros. Es decir, medimos la relación de la victimización con episodios de violencia y la declaración que hacen los alumnos acerca de si se sienten cómodos, si tienen amigos entre sus compañeros, si se sienten integrados o pertenecen al contexto escolar, en fin, ese tipo de sensaciones.

 

Encontramos que hay una fuerte relación, o por lo menos bastante significativa, entre los niveles de violencia o la victimización por episodios de violencia y ese tipo de sensación. O sea, a menor sensación de integración, mayor frecuencia de victimización por hechos de violencia.

          También es importante señalar que el porcentaje de alumnos que se siente poco integrado es significativamente bajo. Ello indicaría que en realidad la violencia se concentra en unos pocos alumnos que se sienten alienados en relación con sus compañeros. Es un fenómeno de estigmatización de algunos pocos que no están integrados al conjunto de sus compañeros. Ahí parecería concentrarse esa forma genérica de violencia. Por otro lado, parecería que en ese grupo de alumnos es en donde aparecen situaciones de temor y es ahí donde esa violencia se torna más conflictiva.

          Asimismo estudiamos los niveles, la asociación entre la victimización por episodios de violencia y lo que nosotros llamamos –para darle un nombre‑ la variable de contención institucional. Se trata de la sensación que tienen los alumnos hacia los adultos de la comunidad educativa o escolar. Es decir, si se sienten escuchados y respetados por los docentes, etcétera.

          Y nuevamente encontramos un resultado similar al que encuentran Dan Adaszko y Ana Lía Kornblit en su investigación. Me refiero a que la violencia o la victimización se asocian también a ese factor. Es decir, a menores niveles de contención, mayores niveles de victimización.

          Otro aspecto que observamos es si existían relaciones entre los niveles de integración social y los niveles de contención institucional. Es decir, si los alumnos que tenían más dificultades o se percibían menos integrados a sus compañeros, a su vez también manifestaban peores relaciones con los adultos de la comunidad educativa. Y también ahí encontramos que existe una asociación entre esos factores. Con lo cual se podría decir que la violencia se concentra en grupos pequeños de alumnos porque en los dos casos, tanto los menores que no se sienten contenidos por los adultos como aquellos que no se sienten integrados a sus compañeros, las proporciones son muy bajas.

          Podría concluir que la violencia, este tipo de hostigamiento e incivilidad ‑a eso me refiero por ahora‑ se concentra fundamentalmente en grupos pequeños de alumnos que están distribuidos de manera bastante homogénea en distintas escuelas y que no se sienten plenamente integrados al resto de la comunidad escolar.

          Para simplificar, uno podría decir que es el fenómeno de la estigmatización de algunos, algo que parece estar más asociado a la violencia, al hostigamiento y a las incivilidades. Y eso parece generar consecuencias mayores, por ejemplo, sensaciones de temor. Entonces, uno podría inferir cierta reticencia a la escolarización.

          Fundamentalmente me referí a las formas menos graves de violencia, hostigamiento e incivilidad.

          Para terminar, quiero señalar que cuando uno observa los tipos más graves de violencia comienza a encontrar ciertas vinculaciones con las formas más extremas de marginalidad.

          Al preguntar sobre portación de armas, robo con uso de la fuerza o con violencia, uno encuentra que si bien los datos no permiten afirmaciones tajantes o estadísticamente comprobables, sí ve una tendencia a que haya cierta asociación entre las formas más extremas de violencia y las formas más extremas de marginalidad. Dicho de otra manera, violencia y marginalidad se asocian en los dos extremos. Y es importante entender que esto quiere decir que no hay una relación proporcional entre violencia y marginalidad. Digo esto porque si uno va mirando el gradiente de la evolución de la pobreza y el gradiente de la evolución de la violencia, no encuentra vinculación. Sin embargo, cuando uno observa qué pasa en los extremos de esa escala, ahí sí encuentra una asociación.

          Por razones de tiempo voy a hacer una mención muy general sobre otra parte de la investigación. Cuando estudiamos los casos para entender qué cuestiones  estaban atrás de las formas generales y más graves de violencia, fundamentalmente encontramos que hay un mecanismo de reciprocidad negativo. Esto quiere decir que a veces hay formas de vinculación entre algunos integrantes de la comunidad escolar donde el prestigio de algunos se acumula sobre el desprestigio de otros. Y el hostigamiento y las incivilidades tienen que ver con este tipo de mecanismos.

          Por ejemplo, el honor de un grupo se construye sobre la base de la degradación de otro que es considerado su oponente. Es una lógica que uno observa muy frecuentemente en los conflictos entre hinchadas de fútbol. La acumulación del prestigio de la hinchada consiste en degradar a la otra robándole las banderas o agrediéndola físicamente, etcétera. Ese tipo de mecanismos a veces opera en algunas comunidades escolares y es lo que explica el funcionamiento del hostigamiento.

          A veces el liderazgo de un grupo se construye hostigando o degradando a algún otro sobre el que opera con distintas formas de violencia. Ese tipo de mecanismo muchas veces parece estar detrás del hostigamiento. Y una de las cosas que aparece es que sin quererlo los docentes a veces quedan involucrados en un sistema de reciprocidad, y eso agrava la conflictividad en una comunidad escolar. (Aplausos.)

 

Sra. Presidenta (di Tullio).- Quisiera hacer una aclaración, y pido que me corrija si algo no es cierto. El Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas fue creado en el año 2004 y es el segundo en su especie en América Latina. Es una iniciativa conjunta entre el Ministerio de Educación de la Nación Argentina, la Universidad Nacional de San Martín y la UNESCO con sede Brasil, cuyo propósito consiste en sumar esfuerzos para el estudio de la temática de la violencia en las escuelas, contribuir a la consolidación de las prácticas democráticas en el ambiente escolar y la construcción de espacios de ciudadanía.

          En último lugar, tiene la palabra la señora Eva Giberti. Ella es licenciada en psicología y asistente social de la UBA. Actualmente es responsable del Programa “Las víctimas contra la violencia” del Ministerio de Justicia, que atiende urgencias en casos de violencia familiar y acoso sexual. Ella fue profesora en Especialización en Violencia Familiar de la Facultad de Psicología de la UBA, profesora de Derecho de Familia de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA, profesora de la maestría Problemas y Patologías del Desvalimiento de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, y miembro del Consejo de Administración de la Federación Internacional de Escuelas en Francia. Además es autora de varios libros y doctora honoris causa en psicología.

 

Sra. Giberti.- Agradezco mucho a las señoras diputadas Puiggrós y di Tullio la invitación a participar de esta reunión y la posibilidad de exponer algunas ideas.

          En primer lugar, voy a leerles un párrafo que escribí para esta tarde, aunque podría haber sido escrito exactamente igual hace setenta años, es decir, cuando yo estaba en la escuela primaria. Creo que no hay ninguna diferencia.

          La escuela es la institución que habilita una puerta de entrada a un nuevo mundo exterior para los chicos y para las chicas. Y se descuenta que allí no habrá peligros ni violencia porque históricamente la escuela arrastra un prestigio. Al mismo tiempo, corresponde tener en cuenta que la escuela significa el encierro y los chicos y las chicas inventan estrategias para posicionarse en ese lugar así como apropiarse del tiempo escolar reglamentado por horas de clases y de recreos. O sea que se trata de un espacio y un tiempo reglamentados por una cara ajena, que no es la de mamá ni la de papá, que impone códigos y límites. La maestra, o sea la autoridad que los niños y las niñas sienten como vigilancia, se mantiene alerta para que ellos acepten las condiciones que hoy se llaman límites. Y estos fenómenos constituyen una territorialidad, que es un concepto de fondo del trabajo con las escuelas que tiene características propias y una historia.

          Esto es lo mismo que yo hubiera dicho si hubiera podido escribir hace setenta años. Y lo repito hoy exactamente igual.

          Ahora bien, hay un interrogante que es obvio. ¿Podría esperarse que ante los cambios producidos en el mundo la escuela se mantuviese igual a sí misma salvo algunas diferencias curriculares?

T.19

Lozano

VF

 

No. ¿Alcanzaría con incluir computadoras? No.

          Uno de los cambios ha sido reiteradamente marcado en la mesa, con la aparición de esta nomenclatura de violencia escolar, que como se ha planteado previamente es una herencia que hemos adquirido de los Estados Unidos. En realidad debería hablarse de fenómenos de violencia que aparecen coyunturalmente en las escuelas. Es tan disparatado hablar de violencia escolar como de prostitución infantil; no hay prostitución infantil, lo que hay son niñas víctimas de rufianes y de los clientes que las explotan. Entonces no hay ni prostitución infantil ni violencia escolar.

          Llamo la atención porque el lenguaje no es ingenuo. No lo dije yo, es una idea de Roland Barthes, cuando dice que no es ni inocente ni ingenuo. Violencia escolar quiere decir “cuidado con la escuela porque acá puede pasar algo terrible”, y los medios contribuyen –esto también ha sido dicho cuidadosamente en esta mesa.

          Como resultado de la peligrosidad de la escuela ha aparecido un fenómeno contra-fáctico, también a cargo de algunos locutores y conductores mediáticos, y también algunos colegas, que habla de la sociedad enferma. Esta es una especie de tick que reiteradamente surge como tentativa de abarcar el tema acerca de los fenómenos de la modernidad, de la posmodernidad y de distintas épocas post industriales.

          Aparece como una frase omnímoda esto de la sociedad enferma, pero es una frase que obtura en calidad de taponamiento cualquier ejercicio destinado a la evaluación de circunstancias históricas y económico-sociales. Una vez emitida la frase que forma parte sustantiva de la llamada violencia escolar “Y, no, lo que pasa es que los chicos están en una sociedad enferma” el problema es doble: violencia escolar-sociedad enferma. Ahora, es una frase que produce efectos paralizantes y diluyentes decir “estamos todos en una sociedad enferma”, sin asumir qué responsabilidad tenemos, si formamos parte o no de tal sociedad y en qué medida. Esto porque se ha decidido incluir la patología que autoriza suponer su complementario: si hay una sociedad enferma es porque hay una sociedad sana. ¿Cuál? ¿Dónde? ¿Cuál es? ¿Dónde está? Y esa sociedad sana es la nostalgia por el paraíso perdido de la infancia, de la Biblia también. Es la nostalgia por un mundo maravilloso, ideal, pluscuamperfecto, que en alguna parte existió, en alguna parte debe estar y nosotros estamos –y nos damos cuenta‑ en una sociedad enferma porque los chicos, nada menos que la niñez, está haciendo estas cosas terribles que nunca hizo. Esto solamente puede sostenerlo quien no estudió historia de la civilización. La historia de la civilización muestra que los niños –no tanto las niñas‑ y los adolescentes han hecho cosas realmente significativas en lo que tiene que ver con actos y hechos que hoy denominaríamos violentos y que en otras épocas se llamaban formas de agresión o de convivencia entre un bando y otro.            

T.20

Lozano

VF

 

Entonces podríamos pensar que lo que tenemos por delante es una lectura paranoide de los hechos mediante  una proyección que está colocando lo “malo” en el ámbito de lo exterior y de lo ajeno.

          La frase sigue siendo promovida por los conductores en los medios radiales y televisivos, y este añorar el paraíso perdido nos tiene que llamar la atención acerca de las lógicas de la racionalidad en las que estamos moviéndonos. ¿Cuáles son las lógicas de la racionalidad? Esta pregunta es peligrosa en boca de una psicoanalista, porque nosotros en realidad no trabajamos con la racionalidad sino con las lógicas de lo irracional, que son formas de la lógica, de lo posible, de lo histórico y demás. Ahora, ¿cuáles son las lógicas de la racionalidad de las cuales no nos descuidamos? Porque no andamos siempre con lo irracional y con los sueños, también nos ocupamos de las lógicas racionales, sobre todo en las organizaciones epistémicas de las distintas disciplinas. Pero,  ¿cuáles son las lógicas de racionalidad que priorizan los adultos? Son aquellas que les resultan tranquilizantes porque eluden hacerse cargo de otras lógicas que expresan la acumulación de frustraciones, y daños que atraviesan determinados sectores de la infancia que no necesariamente están asociados con hechos de llamada violencia.

          Hay chicos y chicas que sin tener historias de frustraciones también aparecen siendo sujetos de observación en relación con travesuras groseras en la escuela -por decirlo de otro modo- , pero salvando algunas distancias.

          Si el chico que comete un hecho violento forma parte, por ejemplo ‑para no meterme con la ciudad de Buenos Aires‑ de las afueras de San Isidro nos encontramos con que los medios de comunicación dicen “chicos de buena familia, de buena crianza, etcétera, conflictivos, están mostrando, probablemente por razones de incompatibilidades familiares, esta dificultad de convivencia”. Cuando esto sucede con chicos de González Catán u otras regiones, son los “menores delincuentes” que están dentro de las escuelas.

          Ustedes saben bien que la palabra menor y minoridad ya no se debe usar. Hablamos de adolescentes; la Convención de los Derechos del Niño lo ha venido planteando cuidadosamente.

          Entonces, como dije, uno de los riesgos es hablar de la sociedad enferma, y el otro es la queja, en tanto y en cuanto el tema de la violencia en las escuelas desordena el paradigma de aquello que la escolaridad significa o nos significó a nosotros. Es como si esto lo hubiera escrito hace setenta años.

          Yo me estoy apoyando en mi escuela, y quiero aclarar que en mi escuela yo he sido una indisciplinada histórica. Jamás he podido estar en el cuadro de honor y mucho menos ser abanderada. Esta es una deuda que todavía tengo. Tenía buenas notas pero siempre conducta regular o apenas buena, nunca me daba para muy buena. Y nunca hice cosas más violentas que, a los cinco años en el jardín de infantes del Normal N° 1, caminar descalza sobre las mesitas que nos ponían a los chicos. Entonces, llamaron a mi mamá y a mi papá para advertirles que realmente yo tenía una personalidad peligrosa. Esto lo señalo porque yo tenía cinco años ‑han pasado más de 70‑ y todavía lo tengo clavado como un hecho traumático. Eso fue violencia escolar, porque me sacaba los zapatos y me subía a las mesitas a los cinco años, cosa que no se hacía. Y pasé la mitad de la escuela primaria en la Regencia.

          Entonces, esta queja apunta una demanda de orden y restablecimiento de lo conocido, dado que es de esperar que los chicos y las chicas se porten de otro modo, que es lo conocido, que es como me hacían portar a mí cuando yo era chica, y seguramente, con una gran diferencia etaria, a muchos y muchas de ustedes.

          Llamo la atención al respecto porque bordeamos el riesgo de estructurar la idea de “violencia escolar” como régimen de verdad, al decir de Foucault, limitándonos a nuestros pensamientos y producciones, particularmente las discursivas.

          Aún no se ha logrado, y no hemos logrado, un cambio en el sistema de pensamiento con el que se aborda la docencia y la escolaridad. Nosotros no lo hemos logrado, dejemos de mirar solamente a los chicos. No me refiero solo a los contenidos sino a lo que está funcionando de manera ineficiente, que es el modo de pensar. Es decir, las lógicas de racionalidad que usamos los adultos cuando se trata de niños y niñas, por ejemplo, pretendiendo sistemáticamente substituirlos, pensar por ellos. Escuchamos dos ejemplos, tanto con el doctor Liwski como con la colega docente, respecto a qué pasa cuando se convoca a los adolescentes, o a los chicos y se les pide que hablen ‑cuando no hablan, cuando sí hablan, o cuando lo dicen por escrito o verbalmente. La posición adulta es hablar por los chicos, en nombre de los chicos, ser siempre los representantes de ellos, sobre todo de los adolescentes.                      

          Y quiero marcar un punto que traigo escrito pero que verdaderamente me place decir que es una coincidencia de base con algunos de los expositores.

          Hablando de los análisis de los discursos que se vienen gestando por efecto de los hechos de violencia escolar, quiero ofrecer como contrapartida el texto producido en Carmen de Patagones. Y me voy a remitir no solamente a la primera foto sino también a la segunda.

          El mismo día de la tragedia apareció una primera foto de una pintada hecha por los chicos que decía: “Pónganse las pilas, cuídennos”, o “Dennos bola.” Pero creo que decía “cuídennos” o “escúchennos”. Aunque en sí es lo mismo.

          Al día siguiente, la otra foto mostraba cómo había sido borrada. Yo no sé quién la borró. Pregunté y pregunté si había sido la docencia, las autoridades o los chicos. Eso es violencia; eso es violencia simbólica. Esa era la voz de los chicos. Dudo mucho que los chicos solos hubieran decidido borrarla; no sé, es una hipótesis. Esto me hace pensar que hubo alguien que no era un niño, una niña o un adolescente que dijo: no, ¿cómo va a salir esto en los medios de comunicación? Pero ya había salido.

          Ahora bien, ¿qué quiere decir “pónganse las pilas, escúchennos o cuídennos”? Quiere decir enciéndanse, “libidinísense”, tomen temperatura, caliéntense con nosotros. Calentarse en el sentido libidinal que quiere decir el máximo de la energía sexualizada, si ustedes quieren, no en el sentido genitalizado sino en el sentido de esforzarse por algo, entusiasmarse por algo. La palabra entusiasmo es una palabra que usamos poco y que necesitamos fundamentalmente en la docencia. A mi izquierda está sentado alguien que lo acaba de plantear en su trabajo en González Catán. En la zona de la tragedia claramente se sabía a quién iba dirigida esta frase.

          No quiero extenderme más porque me parece que ha llegado el momento de dialogar con quienes nos están acompañando. De todos modos, sí quiero señalar que nuestros adolescentes, niños y niñas están sumergidos en un mundo de inhumanidad que se ha transformado, dentro del ámbito de la filosofía política, en una categoría claramente defendida por Cohn ‑autor, filósofo, un gran maestro del psicoanálisis‑ cuando habla de la inhumanidad, es decir, de la imposibilidad de sensibilizarse por el sufrimiento del otro. O sea que no es solo que el chico violento no puede ponerse en el lugar del otro, o el chico que ejerce violencia y tiene empatía respecto del sufrimiento del otro. Somos nosotros, que no somos malas personas,  quienes estamos necesitando repensar cómo nos vinculamos con los chicos. Si hay algo que sabemos –y esto no es un texto mío sino de Ulrich Beck cuando habla de las dos diferencias de la modernidad actual‑ es lo que estamos haciendo mal, pero no podemos ni evitarlo ni cambiarlo. Y el próximo paso propuesto es usar el entusiasmo para entender que podemos cambiarlo o evitarlo.

          Por fin, lo que me dio la experiencia de muchos años de trabajo en niños, niñas y adolescentes es poder ver cómo responden cuando uno se ocupa y los ayuda a trabajar. No me refiero solamente al taller de teatro o la actividad de pintar escuelas de frontera sino a lo que ocurre cuando se les da la posibilidad de decir qué piensan, qué quieren y sobre todo de expresar aquello que puede resultar doloroso.

          Nosotros seguimos esperando que ellos cumplan con el pacto intergeneracional, que es vertical. Moisés bajó con las tablas de la ley y dijo: “Aquí están los diez mandamientos. Hágase.” Este es el pacto intergeneracional bíblico que viene desde Yavé, o sea, desde la divinidad, para que los demás cumplan a cambio de la gracia de la protección.

          Este pacto intergeneracional siempre funcionó así en la familia, pasando de los padres a los hijos y de los docentes a los alumnos. Y estamos en la época del contrato. No es que ya no existen los pactos, claro que existen. Pero además, tenemos la posibilidad de hablar de contratos entre adolescentes, niños y niñas, pero no en un sentido de igualdad de derechos, porque se trata de distintos derechos.  Esto ha sido expuesto claramente en cuanto asumimos la responsabilidad del “no” y la responsabilidad de “esto así no es” o “no corresponde que vayas así”. Ese es el ejercicio de la responsabilidad y no del autoritario. Hay que respetar el contrato por el cual mi derecho es poder proteger pero sin aplastar, y el derecho del otro es poder revisar cómo lo protejo aunque sin dejarse aplastar, sabiendo al mismo tiempo que estamos ejerciendo una autoridad de sostén y de soporte.

          Quiero terminar volviendo a señalar algo que ya fue expresado muy claramente. Si seguimos hablando de violencia escolar –voy a usar lenguaje de los 60‑ además del cipayismo que eso significa ‑es decir, repetir expresiones que nos vienen desde otros lugares y no ingenuamente‑ vemos que eso está asociado con el juego actual de ver si se baja la edad de imputabilidad de los chicos. Esto viene enganchado así. Acá no hay ninguna idea que sea ingenua, y vuelvo a decirlo a través del lenguaje. Lo señalo solamente asumiendo la responsabilidad de corregir la semántica porque es un modo de corregir el pensamiento y las acciones. (Aplausos.)

 

Sra. Presidenta (di Tullio).- Agradecemos las exposiciones de todos los señores penalistas.

          Ahora comenzaremos con un breve espacio de preguntas y respuestas. Finalmente, la señora diputada Puiggrós hará el cierre de la mesa redonda.

          Tiene la palabra la señora diputada Rico.

 

Sra. Rico.- Señora presidenta: es un gusto estar esta tarde en esta reunión.

          Integro las comisiones de Educación y de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia.  La realidad es que después de escuchar atentamente a los expositores se me viene a la cabeza la siguiente reflexión respecto de la infancia y el tratamiento que los medios de comunicación le dan a esta temática No todo es casual, y el caso planteado no es una cuestión generalizada. De hecho, yo pertenezco al conurbano bonaerense, a un distrito muy variado donde viven poblaciones de todos los sectores.

          Hace bastante que tengo algunos pensamientos respecto de la infancia y, sobre todo, del tratamiento que dan a este tema los medios de comunicación.

          Desde hace muy pocos años la infancia tiene derechos. Me refiero a los derechos surgidos de la convención y de la ley de protección integral que hemos analizado en esta casa.

 

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Sin embargo, en general son totalmente vulnerados a la hora de presentarlos a través de los medios de comunicación. Las caras al descubierto no tienen otro fin que perseguir buen  rating o lo que se puede aportar en estas cuestiones, que no son casuales precisamente. En general vemos que los temas relacionados con la infancia y la adolescencia se tratan con muy poco cuidado.

          Los medios de comunicación hacen a la formación de la identidad muchas veces. Son los que están en contacto con nuestros hijos durante muchísimas horas. Esta es la reflexión.

          Quizá nosotros, más allá de abordar esta temática, de involucrarnos como actores, como protagonistas de las distintas áreas, también tendríamos no que cercenar las expresiones de los medios de comunicación pero sí ver desde nuestro lugar qué aporte podemos hacer para que los derechos de los niños, las niñas y los adolescentes no sean vulnerados de semejante manera.

          Escuchaba recién mencionar la relación de la vulnerabilidad con la violencia. Después de lo que pasó en el distrito con los dos chiquitos de siete y nueve años se escucharon comentarios espantosos por parte de los periodistas. Decían: “Eran de una zona marginal, entonces es lógico que ejerciten la violencia porque seguramente en sus casas se ejercitaba”. Hay que tener cuidado.

          Nosotros, desde los roles que ocupamos tenemos que aportar una cuota de racionalidad a todo esto. Es cierto que no es casual que se nos instalen los temas de semejante manera, sobre todo con los niños y adolescentes que han adquirido sus derechos hace muy poco tiempo. Quizá nosotras, las mujeres ‑que estamos tan preocupadas y ocupadas de militar por nuestros derechos, por llevar a la práctica y que salgan a la luz estos derechos que tanto nos han costado‑ tendríamos que hacer ese aporte de la militancia permanente desde las escuelas, el Congreso, el Ejecutivo y los lugares que nos toque ocupar.

          Pero me parece que es un tema que se trata muy a la ligera, que no se le da el enfoque que se le tiene que dar y que realmente va a contribuir ‑si podemos encararlo de alguna manera‑ a un mejor tratamiento, una revalorización de los derechos, una mayor información de lo que significan los derechos de los niños, niñas y adolescentes.

          No es una pregunta, simplemente es un comentario.

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Sra. Presidenta (Di Tullio).- Tiene la palabra el señor diputado Villaverde.

 

Sr. Villaverde.- A raíz de lo que decía la señora diputada Rico acerca del rol de los medios de comunicación, quiero hacer un comentario, ya que el común de la gente sostiene que la televisión, el cine o la computadora son las causas de la violencia, o que la agravan. Un amigo sociólogo, Enrique del Percio, quien ha escrito varias obras sobre esta temática, sostiene que quizá uno de los periodos más violentos fue el comprendido entre  1914 y 1945, cuando no había televisión ni computadoras. Sin embargo nuestra gente dice que los medios son los que agravan la violencia o son causantes de la misma.

          Aquí se mencionaba que hay mucha sensación de violencia; el doctor Liwski nombró la violencia cotidiana y la excepcionalidad.

          También se dijo que los chicos manifestaban que no se los escuchaba o que se necesitaban más escuelas. ¿Se necesitan más escuelas como ámbito de socialización debido a la violencia?

 

Sr. Liwski.- Me parece que los dos temas son interesantes. Es decir, ¿cuál es la incidencia que tienen los medios de comunicación -en general, la tecnología de las comunicaciones-, respecto de los comportamientos o actitudes, tanto grupales como individuales, que conducen a prácticas que pueden ser asimiladas como violencia? La diferenciación es que hay muchos enfoques sobre el tema, no hay una opinión única.

          Mi opinión es que es bastante relativa la relación entre las imágenes de violencia que pueden ser de consumo masivo y las prácticas colectivas o individuales de violencia. No digo que no tenga ninguna relación, pero en todo caso no le pondría tanto énfasis como se le suele poner. Me parece que la cuestión principal es que estamos frente a nuevas culturas comunicacionales que nos representan un esfuerzo para reconocerlas y ver cómo las integramos a procesos socialmente de mejor convivencia y mayor democracia.

          Hay algunos aspectos que me parece que en general los chicos han ido resolviendo por sí mismos. Uno de ellos es cómo actuar socialmente frente una tecnología basada en la eliminación rápida. Es decir, cómo resolver la integración cuando las relaciones están basadas en mediaciones que hacen los medios y en una eliminación rápida de imágenes y vínculos. Cualquier chico que entra en un Ciber, conecta y desconecta diálogos incompletos, incoherentes para la lectura adulta, y eso luego se traslada a la capacidad de integrarlo a las prácticas socialmente aceptadas.

          Creo que hay un inconveniente con la tecnología; bienvenida sea, pero están muy solos frente a la tecnología, a las imágenes y a la utilización que se hace de ella. Me parece que ahí  tenemos un problema que no está muy atendido y para el que no tenemos muchas respuestas. Sería interesante avanzar sobre esto. La escuela en esto tiene tal vez un capítulo para desarrollar, no sola, sino acompañada en todo caso por diversos sectores.

          El otro punto es analizar qué quisieron decir estos chicos en San Pedro el viernes, cuando plantearon "más escuelas, menor cantidad de chicos y más escucha”. La primera pregunta que me hice cuando volvía de San Pedro fue por qué querían más escuelas. ¿San Pedro está sobresaturado de matrícula? Me parece que en el imaginario “más escuela” es más educación, “más escuela” no es más edificios solamente, sino más relación y más calidad en la relación con el ámbito educativo. Sinceramente el “más escuelas” lo comprendí por ese lado porque además, y generalizando, no era un tema cuantitativa sino cualitativamente muy importante el que se planteaba.

          El otro tema es que ellos dicen que no hay comunicación. Me parece que esto es algo sobre lo que deberíamos reflexionar, y en esto retomo lo que se ha planteado. La mayor participación no implica menor grado de debate en la relación con los adolescentes y desautorización del comportamiento adulto o docente. La realidad es que el adolescente necesita el reconocimiento del adulto como autoridad en el ámbito orientador, contenedor, capaz de establecer un diálogo y una negociación que concluya en determinadas definiciones. Lo que creo que está encontrando, y por eso lo reclama cada vez que las situaciones son bastante límites ‑y las dos que se presentaron fueron límites y en las dos se ha planteado‑, es la necesidad de ser más escuchados.

De todos modos, en realidad creo que lo que están planteando es que hay una nueva construcción de autoridad que se está requiriendo para este nuevo tiempo y estas nuevas culturas. Se trata de una autoridad muy democrática pero a la vez necesariamente muy legitimada por la coherencia entre el decir y el hacer.

          No sé si esto quedará grabado. ‑En otra escuela a la que asistí invitado por los directores, luego de un incidente‑ a un costado yo le pregunté a uno de los chicos qué había pasado. Lo ocurrido fue un desastre y terminó interviniendo el grupo GEO. Resulta que todo empezó con un canasto del aula al que le prendieron fuego. Es cierto que estaban en el aula y que la cosa podía terminar mal, pero no fue así. El fuego se apagó enseguida pero el caos se originó porque algunos chicos se cayeron por las escaleras y hubo profesores que se golpearon contra las paredes. La policía pidió refuerzos, que llegaron, y sin embargo todo se complicó.

          Entonces, una semana después del incidente hablé con quien prendió el fuego. ¿Queda grabado esto? Que no quede porque en realidad creo que es ilustrativo. Este chico lo incendió con un fósforo. No tenía ninguna intención de encender la escuela y mucho menos de lesionar o lastimar a sus compañeros. Pero estaba con una bronca que no podía más. La bronca empezó esa mañana cuando lo llevaron a la dirección ‑quiero que se lea el contexto y no el relato textual‑ y vio el sillón de pana de la directora. Ocurría que su banco estaba roto, las astillas se le clavaban en la cola y hacía una semana que no se lo arreglaban. En realidad la protesta la había empezado por el banco. Pero como era una protesta desorganizada, errática, malhumorada y en malos términos, lo mandaron a dirección. Pero en verdad nadie escuchó su reclamo. Entonces vio el sillón y la cosa terminó mal porque prendió fuego al canasto. La gente estaba alarmada y se preguntaba cuándo volverá a ocurrir lo mismo.

          Debo decir que me parece que el reclamo que hacemos los adultos y quienes participamos de esta actividad, es que hay que construir nuevos términos de relación y nuevas modalidades de autoridad frente a la adolescencia. Además quiero señalar que dar la palabra no quiere decir dar la última palabra al adolescente porque ni siquiera él está reclamando tener la última palabra.

          Todo eso señala la experiencia vivida en los años  90 y 91 en el Consejo de Convivencia. Es cierto que el riesgo de no profundizar el concepto de la participación es que los adultos nos vamos desplazando de las responsabilidades y de los términos del nuevo contrato que realmente necesitamos, aunque ya no es un contrato sino una delegación de responsabilidades en los adultos. Esto me parece que valía la pena compartirlo.

 

Sr. Cabeda.- Yo quisiera aclarar que cuando hice alusión a la intervención de los miedos, perdón, de los medios... (Risas.) Que quede registrado porque tiene relación con lo que voy a decir.

          Cuando hablaba de la relación con los medios no estaba pensando en que la violencia fuera generada por los medios; no era esto lo que intentaba decir, sino que intentaba referirme a la intervención de los medios en la construcción de los miedos, cómo el miedo ciudadano también se construye de acuerdo al modo en que las cuestiones son presentadas a la sociedad. Aclaro que yo iba por ese camino.

 

Sra. Presidenta (di Tullio).- Tiene la palabra el señor diputado Villaverde.

 

Sr. Villaverde.- Recién hablábamos de los chicos y el señor Cabeda se refería a algunos docentes. Y hay algunos que dicen que no están preparados para abordar una situación de ese tipo. Pregunto: ¿se prepara al docente para hacerlo?

Sr. Cabeda.- La formación nos une para siempre. Creo que el Estado es responsable de un proceso de formación y los docentes tienen algo de responsabilidad en la propia formación. Uno no aceptaría ir a un médico que le dijera: yo para las enfermedades nuevas no fui preparado. Cuando yo estudié había varicela, erisipela ‑que la padezco yo‑ y escarlatina, pero no estas nuevas enfermedades. Y yo diría: bueno, señor, tendrá que ir averiguando qué cosas nuevas aparecieron.

          Entonces, los propios docentes son responsables en el sentido de que tienen que ir pensando estas nuevas tramas que ocurren en la cotidianeidad de la escuela y que exceden la formación inicial de cada uno de nosotros.

          Asimismo el Estado tiene que ir pensando cuáles son los nuevos debates para proponerles a los docentes aunque ellos no los estén solicitando. Tal vez los docentes con muy buena intención siguen pidiendo más formación en matemática y viendo la manera de enseñar geografía. Pero hay alguien desde el lugar del Estado que está ofreciendo otros debates que son necesarios para pensar en los sujetos que están hoy en las escuelas.

 

Sra. Presidenta (di Tullio).- Tiene la palabra la señora diputada Berraute.

 

Sra. Berraute.- Señora presidenta: quiero agradecer a las señoras diputadas Puiggrós y di Tullio la construcción de este espacio privilegiado del que hemos tenido oportunidad de participar.

          En primer lugar, lo considero privilegiado por los invitados que nos han dado discursos coherentes y completos a diferencia de los que solemos escuchar sobre este tema. Lo digo precisamente por lo que hablamos de la lógica de los mensajes de las tecnologías de la actualidad, que se caracterizan precisamente por ser fragmentados, incoherentes y fundamentalmente apelan a la emotividad más que a la reflexión serena.

          Por otro lado, lo considero privilegiado por ser un espacio silencioso. Tal vez resultaría muy útil abordar determinadas cuestiones cuando nos referimos a problemas concretos de violencia. Esto lo afirmo con conocimiento de causa porque por distintas razones me ha tocado participar en muchas reflexiones de este tipo en torno casos concretos, situaciones difíciles o miedos instalados entre distintos docentes o sectores de la sociedad. Y, como bien señaló Eva Giberti, no son casuales. Tampoco es casual la forma en que hoy la gente ejerce el derecho de pensar serena y profundamente acerca de los problemas que tenemos que enfrentar a diario.

          Hay una frase muy poco académica. Yo siempre digo que pocos no joderían a muchos si muchos lo tuvieran claro. Y uso el término “joderían” porque he procurado reemplazarlo por otro pero no hay ninguno que exprese lo mismo.

 

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Gracias a todos por su presencia.

 

Sra. Presidenta (di Tullio).- Tiene la palabra la señora diputada Storni.

 

Sra. Storni.- Quiero agradecer a todos los participantes. Creo que toda posibilidad de debate enriquece. En este caso hemos seguido silenciosa y atentamente el debate de hoy porque realmente ha tenido una riqueza enorme. Creo que queda muy en claro que la respuesta a la pregunta de la mesa redonda es multi-causal. No se puede analizar esto desde una sola perspectiva. Las posibilidades de análisis y de respuestas son múltiples.

          Creo que lo importante de todo esto es que hay también diferentes grados de responsabilidad. La posibilidad de dar respuesta desde lo político, lo científico, desde el ámbito mismo de la educación, es importantísima, pero también está absolutamente claro que este tema excede ampliamente el ámbito escolar.

          Rescato también lo que ha dicho la doctora Kaplan, en cuanto a que desde los 90 hasta ahora realmente hubo una destrucción de numerosas fuentes de trabajo, la familia cambió y todo esto tuvo un impacto en la sociedad. Creo que de todo esto se ha hablado muchísimo pero no sé si se ha hecho lo suficiente. A nivel de experiencias locales hay muchísimo por rescatar.

          El problema es que tenemos un país atravesado por este problema y a veces las respuestas al conjunto son muchísimo más complejas. Me parece que falta todavía mayor voluntad política, mayor convicción, para abordar seriamente este problema, más allá de lo mucho que se ha hecho en los diferentes niveles.

          Por supuesto la situación de los medios es una cuestión particular. Los medios no son los únicos malos de la película; hay también otras cuestiones.  Al ver el tratamiento que se le ha dado a los diferentes casos, y remitiéndome por ejemplo al de la Patagonia, creo que no se trata de un problema de violencia sino de que tal vez se dejaron de lado situaciones que hacen a la cuestión no solamente escolar sino de la historia individual de cada sujeto. Es decir, es un tema bastante complejo.

          Nuevamente agradezco la participación de todos los invitados y el esfuerzo realizado por las autorizadas de ambas comisiones.

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Sra. Salvo.- Soy docente y he sido invitada por el doctor Villaverde. Quiero dar las gracias a todos. Fue un gusto compartir esta tarde con ustedes. Realmente me llevo una impresión a mi lugar, a las escuelas. Me llevo las frases, me llevo la historia de esta tarde, de encontrarnos con personas que se preocupan por lo único sobre lo que debemos trabajar, que son los chicos. Si no hay chicos no hay maestros, no hay escuelas, no hay pueblo, no hay ciudades, no hay mundo. Entonces, debemos apostar a los chicos y cuidarlos.

          Todo lo que dijimos acá tiene una razón de ser, que es la de prepararnos los docentes para poder contenerlos, trabajando cada uno de nosotros desde su lugar. Se los digo de todo corazón, como madre que soy, aunque a veces me cueste.

          Escuché a la doctora Giberti y me pareció muy importante todo lo que dijo respecto a recuperar. No le tengo miedo a las palabras; no le tengo miedo a la palabra violencia ni a la palabra miseria. Simplemente hay que saber ubicar los términos. Hoy me llevo un montón de cosas porque creo que los que tienen el poder de determinar los destinos de nuestros chicos están preocupados en hacerlo. Muchas gracias a todos.

 

Sra. Giberti.- Ustedes me van a tener que disculpar, pero tengo una cita a las siete de la tarde y no hay quien le abra la puerta a la persona que llega.

 

Sra. Presidenta (Di Tullio).- Muchas gracias doctora por su presencia.

 

- La doctora Giberti se retira de la sala de reuniones. (Aplausos.)

 

Sr. Grugnala.- Buenas tardes. Colaboro con la señora diputada Claudia Bernazza y trabajo sobre estos temas. Quiero formular una pregunta al doctor Míguez y a la doctora Kaplan que se refiere a los resultados que han mostrado. Quería conocer la posibilidad de acceder a esos resultados, ya que se nos hace bastante difícil tener esa información, que por cierto arroja mucha luz.

          Quería decirle a la señora diputada Di Tullio ‑que hoy planteaba al inicio cómo definir quiénes eran las víctimas y por qué se generaba esta problemática‑ que el panel arrojó mucha luz, mucha claridad. Seguramente serán las comisiones las encargadas de hacer una publicación, pero es importante que estos documentos que se elaboren lleguen, como bien decía  la colega docente. De hecho yo soy docente de docentes. El panel ha arrojado mucha luz y para mí también, y no es un dato menor.

          La doctora Kaplan menciona la necesidad de “iluminar” en el sentido de poder cambiar la expresión de violencia en la escuela por la pregunta “¿Violencias en las escuelas?”. Vuelvo a repetir que la pregunta que les hacía a la doctora Kaplan y al doctor Míguez es cómo acceder a la información de los estudios realizados.

 

Sr. Míguez.- Los datos están en el informe 2005-2006 del Observatorio de Violencia en las Escuelas. Debería estar en Internet; si no está, yo le puedo hacer llegar una copia a quien lo requiera. Además, lo puedo mandar a la comisión para que lo distribuya.

 

Sra. Presidenta (Di Tullio).- Va a estar en la comisión.

 

Sra. Kaplan.- Desde nuestro punto de vista tenemos  algunas publicaciones. Son publicaciones con las que no ganamos nada al hacerlas. Una se llama “Violencias en plural. Sociología de las violencias en la escuela”. Me comprometo a buscar el historial para darles una copia a las diputadas y a los integrantes de la comisión.

          Nosotros, en la universidad pública, creemos que este tipo de espacios son importantes porque dan un sentido a nuestro trabajo. Estamos en un momento en el que justamente se ha vislumbrado cuál es el impacto que pueden tener las investigaciones científicas en el marco de la universidad pública sobre las prácticas sociales. En ese sentido estamos nosotros al servicio de ustedes, sean del sistema educativo o de las instituciones que representen.

          Me acompaña Victoria Orce, que es la Secretaria del Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación, que dirige el doctor Castorina. Nos encontramos en la calle Puán.

 

Sra. Puiggrós.- Antes del cierre, quiero mencionar que la información estará en la página de Internet de las comisiones de Educación y de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia, que son de libre acceso.

Pero si alguien tiene otro mecanismo que pueda hacer llegar a este panel de discusión, es bienvenido. Pueden acercar el pedido o la idea relativa a la discusión a la Presidencia de las comisiones de Educación o de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia.

          Tiene la palabra la señora diputada Puiggrós.

 

Sra. Puiggrós.- Quiero decir dos cosas muy brevemente.

          En primer lugar, a lo mejor porque estoy en una campaña pro quería que vieran cómo trabajamos todos. O sea que vean que los diputados trabajamos como todas las demás personas. Muchos estamos acá desde la mañana tempranísimo, y no descansamos ni un minuto. Esto realmente ocurre.

          En este mismo sentido quiero decir que esta idea surgió por iniciativa de la señora diputada Juliana di Tullio un día que estábamos en sesión. Me planteó la preocupación en el sentido de que el Congreso, y particularmente la Cámara de Diputados, tenía que asumir alguna responsabilidad respecto de la discusión que se estaba dando los medios y en la opinión pública sobre la vinculación entre la violencia y la escuela.

          En consecuencia, planteé el tema en la Comisión de Educación y los diputados acordamos que era adecuado realizar esta mesa redonda. Y ahora compruebo que fue muy adecuado porque, como comentábamos ese día con la diputada di Tullio, nosotros no podemos sancionar una ley contra la violencia, pero sí podemos abrir espacios para discutir seriamente el tema, como ocurrió hoy. Y a lo mejor así también pueden aparecer otras iniciativas que pueden considerarse en las distintas comisiones. Por eso recién subrayaba que los diputados que hacían uso de la palabra integraban distintas comisiones, para que vean que no es solamente un tema atinente a nuestras comisiones ‑si bien corresponde específicamente a las comisiones de Educación y de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia‑ sino también a las demás. Por eso quería destacarlo.

          Asimismo quiero destacar que esto fue posible gracias al trabajo que realizaron Miguel Martín y Cintia Rogovsky. Ellos son asesores de la Comisión de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia y de la Comisión de Educación. Todos sabemos que es un gran esfuerzo organizar una reunión como ésta. Y lo hicieron realmente muy bien, como todos podemos ver.

          Se han dicho cosas sumamente interesantes. Solamente quiero finalizar contando algo que no puedo dejar pasar en función de las veces que hoy se mencionó Carmen de Patagones.

          Está presente el inspector Daniel Laudari que seguramente me ayudará a recordar. ¿Fue en el 2006 o en el 2007 que se graduaba la generación de Junior?

 

Sr. Laudari.- Fue el año pasado.

 

Sra. Puiggrós.- Entonces, cuando se acercaba octubre del año pasado, época de la graduación de la generación de Junior, en la Dirección General de Escuelas los medios empezaron a acosarnos porque es una noticia que da para un montón de años. Hasta vino el intendente Curetti, que es una persona que se había ocupado mucho del tema. Había equis número de iniciativas de diferentes sectores debido a que se cumplía otro aniversario y era el momento de la graduación de los chicos. Unos querían que hiciéramos una cosa y otros que hiciéramos otra, que apareciéramos, que hiciéramos una declaración.

          Nosotros lo pensamos mucho y decidimos que ese año las autoridades no teníamos que hacer nada; Simplemente contribuir a que los chicos terminaran su duelo, pudieran graduarse y salir hacia la vida, pero no en la fiesta de la muerte. Es decir, ponerle un fin a la fiesta mediática y de alguna manera ponerle un fin a dar vueltas a la escena de la violencia y de la muerte, dejar que a la escuela penetrara la vida, la esperanza y darles a esos chicos que se graduaban la posibilidad de pensar en un futuro, dejando atrás la tragedia. Y así lo hicimos.

          El tema se fue cerrando. Y vamos a ver qué pasa este año. Pero el año pasado la graduación de los chicos de esa generación fue tranquila. Se les permitió salir y pensar en el futuro.

          Yo quería contar esto aunque no sé si Daniel Laudari quiere agregar algo a lo que estoy diciendo. Fuimos muchos, una cadena de autoridades y docentes que tuvimos que discutir y convencernos de que en realidad lo que teníamos que hace era borrarnos, dejar a los chicos, a los padres y a la gente que tanto había sufrido que hiciera su propia elaboración del duelo. Esa era la forma de corrernos y dejarlos vivir.

          Quería cerrar esta mesa redonda con este comentario, agradeciendo la presencia de todos y diciéndoles que vamos a seguir trabajando. (Aplausos.)

 

Sra. Presidenta (di Tullio).- De este modo damos fin a esta mesa redonda.

- Es la hora 18 y 53.